martes, 13 de diciembre de 2011

Bajo un manto nevado (cuento navideño)

Aquella mañana otoñal, los aires pre-invernales chocaban contra los cristales llenos de vaho de las casas con ese calor especial que alberga el hogar en estas fechas.
Las casas adornadas en cada esquina con atributos y abalorios navideños, cargados de ese olor familiar y tradición la cual se ha ido manteniendo durante siglos.
Las calles rebosantes de personas ilusionadas por tan señalas fechas, por corazones abotargados de felicidad cálida y soñolienta. Todos los corazones excepto uno.

En medio de este ambiente, como fuera de lugar se encontraba él, triste y solitario,a pesar de ser temporada de citas familiares, solo, sin nadie con quien estar, sin nadie con quien compartir nada, solo sus apenados y lamentables recuerdos.
Hacía ya unos meses de la marcha de ella, la que lo fue todo para él, con la que compartió tantos años de su vida, por la que sin durarlo hubiese saltado al vacío solo por ejercer de coraza para ella, se fue, y con ella, su felicidad.
Cada día al entrar en casa, todo era frio, ya no sentía el calor de la llegada al hogar, ya no sentía esas ganas por luchar, solo quedaba resentimiento por todo lo acaecido.
Se fue, se llevó sus cosas y desapareció. Demasiadas peleas, demasiados gritos, demasiadas falsas promesas que nunca se cumplieron y que el viento se encargaba de arrastrar esas palabras tan lejos que nadie recordase que se hubiesen dicho. Pero no, nunca se cambia, al menos sin tener un motivo razonable que te impulse desde dentro de tu ser a sacar fuerzas de donde no las hay para cambiar.
Muchos amigos le habían invitado a pasar la Nochebuena en casa, ya que sus padres no vivían y solo le quedaba una hermana la cual vivía en el extranjero. Pero él negaba, nunca ha querido ser una molestia y mucho menos el centro de aflicción de los demás.

Cada día que pasaba veía como su rostro se envejecía por momentos, no tenía nada a lo que agarrarse, había perdido toda la fe que le quedaba, no se encontraba con fuerzas para tener una misión que le hiciese salvarse de ese vórtice de sombras en el cual se encontraba, incluso la idea del suicidio, por instantes, le parecía menos descabellada.
Tanto peso en un corazón, tanta angustia en un alma, que cierto es aquello que dicen que cuando rompemos con alguien, su recuerdo te mata cada día y poco a poco.

La añoranza crecía en su interior, las calles donde habían paseado de la mano cogidos, los restaurantes y bares visitados donde una simple cena adquiría la importancia de un banquete real, esas parejas que divisaba de reojo besarse y jurarse amor eterno, ¡ay, cuanta envidia le causaban!

Como recordaba aquel raro mayo, cuando todo pasó de ser alegría y celebración eligiendo cunas y colores para el cuarto a teñirse todo de un negro oscuro, tenebroso y malévolo en aquella sala de urgencias.
Todo fue a peor, todo cambió, no supo estar a la altura de la situación, él, que siempre había sido el fuerte, la columna vertebral, el pilar de la catedral, se desmoronó y cayó en aquello que nunca se debe caer, en aquello que saca lo peor de un hombre y que solo hace relucir la cobardía en la cual se protege.
Ella no pudo más, tuvo que huir y él, la dejó marchar, no se opuso, no se negó, no lucho, ni siquiera dijo adiós, simplemente, la dejó.

Ahora, 7 meses después, ya podía prever como sería sus navidades, sentando frente al televisor, cenando algo rápido. ¿Para qué perder el tiempo en cenar algo elaborado si solo estaría él?
A pesar de todo, esa mañana tan otoñal con aires invernales, con ese calor acogedor de los hogares navideños y adornos por doquier, quiso pasearse por el centro de la ciudad, de esa Sevilla que él amaba y que tanto le había gustado disfrutar junto a ella, quiso darse el placer de rodearse de las personas, de intentar embriagarse de su calidez hogareña e impregnarse de sus mejores deseos.

Quizás fuese cosa del destino, quizás de la casualidad, pero en pleno paseo, empezaron a caer pequeños copos de nieve, miró hacia arriba sorprendido, cerró los ojos sonriente, extendió su mano y comenzó a abrirla despacio sin prisas y tranquilidad, dejándose llevar por el sentimiento que le recorría en su interior. En ese preciso instante, justo cuando el primer copo cayó en su despejada mano, le llegaron a su mente miles de recuerdos bellos, de su infancia, de su juventud y de ella, en estos meses cada recuerdo le llevaba a una vorágine cargada de nostalgia y desdicha, pero esta vez no, todo era felicidad y bienestar, se sentía en armonía con el mundo y consigo mismo por primera vez en mucho tiempo.
Realmente esa noche no cayeron copos de nieve para él, sino copos de esperanza e ilusión. Abrió sus ojos lentamente, brillaban con otra luz, irradiaban fulgor, ya sabía lo que debía hacer, ya lo tenía claro, había esperado largos meses tener el suficiente valor para hacerlo. Entonces sacó su móvil del bolsillo, seguro de su decisión y nada tembloroso, con el pulso firme como solo lo hacen aquellas personas que saben que lo que van a hacer es lo correcto, ya no había cobardía, ya no había debilidad, solo fortaleza y poderío.

-Hola soy yo, necesito hablar contigo-.


                Cuento navideño de Moisés Sánchez Cossío (14-12-2011)


Felices Fiestas a todos aquellos que leais este cuento y recordad, nunca perdais la esperanza porque cuando algo bueno acaba, significa que algo mejor llegará a nosotros.

1 comentario:

  1. Primo...que razón tienen tus palabras.
    Quién iba a decirme que en uno de aquellos días de sombras, borrascas y tinieblas en los que se convirtió mi vida, aparecería sin esperarlo, al doblar una esquina, un débil rayo de luz.
    Hoy y después de 9 meses, despierto (y no a la hora que quisiera) con una carita que hace surgir en mi rostro la mayor de las sonrisas.
    No desesperes...ya encontrarás esa esquina

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